Durante décadas, los agricultores sin acceso a la red dependieron de bombas diésel: caras de operar, ruidosas y sujetas a una cadena de suministro de combustible. A medida que ha caído el precio de los paneles solares y han madurado los controladores de bombeo, esa ecuación se ha invertido.
Una bomba solar moderna no tiene coste de combustible y apenas requiere mantenimiento: entra luz, sale agua. A lo largo de la vida útil de un proyecto, el ahorro frente al diésel es enorme, y el agua llega justo cuando el sol es más fuerte y los cultivos más lo necesitan.
El resultado es un mercado en rápido crecimiento en África, el sur de Asia, América Latina y Oriente Medio, donde el bombeo solar es hoy la norma para riego, ganadería y abastecimiento comunitario, y no la excepción.




